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Tribulaciones de un humanista al que le gusta la programación

Cuando era chico quería ser astronauta. Bien, no es original y entra dentro de las expectativas inconscientemente ambiciosas de un niño, pero era instintivo, automático. Es lo primero que se me venía a la cabeza cuando me lo preguntaba yo a mi mismo. No tenía ni idea de en qué consistía ni sabía muy bien cómo podía uno llegar a serlo, pero sentía la atracción magnética de poder subir hacia el cielo y estar más cerca de las estrellas, incluso visitarlas. En el mundo fantasioso de mi mente infantil conjugaban muy bien la exploración y los descubrimientos científicos con el romanticismo quimérico que fomenta lo desconocido.

No obstante, pudo el romanticismo a la hora de escoger mi camino académico y a profundizar en lecturas que me llevaran por los caminos de lo desconocido, opté por la Filosofía y la Literatura. Pero como si se tratara de una doble personalidad, como si otro yo se despertara por las noches como un superhéroe a rescatar mis sueños en peligro, permaneció latente mi inclinación por la técnica y el conocimiento exacto de las cosas. De entre todo ese espectro de posibilidades, encontré en la informática el campo que me servía para alimentar mi curiosidad diseccionadora de la realidad.

Buscando la última pieza que conformaba la estructura del código, me choqué con muchos ceros y unos hasta encontrar un sentido maravilloso en la máquina. Existía todo un universo que explorar en la informática, y podía aprender poco a poco, equivocándome y volviéndome a equivocar. Como no he tenido una enseñanza reglada sobre esta materia (como tantos que llegaron muy lejos) he ido acumulando conocimiento de manera tapada durante todos los años de romance y no mucha correspondencia con el mundo de las Humanidades. Cual amante fiel, la Informática ha sido el refugio de mis ansias de conocimiento exacto y el campo de pruebas para la creatividad y el esparcimiento.

Atrapado entre dos tierras, entiendo demasiado a algunos y no acabo de comprender a otros. Tengo que hacer de diplomático entre dos naciones de las que soy hijo, a las que debo tanto, pero cuyos habitantes me ven como extranjero. Al hablar uno y otro idioma se me nota el acento y en seguida me ven como un bicho raro, intruso, dubitativo. Mi propia confianza se ve disminuida por la maestría y el dominio que muestran los demás en uno y otro campo.

Pero, qué diablos ¿acaso no tengo claro lo que quiero ser de mayor? Pues de la misma forma que, inconscientemente, tendía a decir sin dudar que quería ser astronauta, sigo queriéndolo ser. Y ahora veo que no me equivocaba, pues navegar por las estrellas (astron=estrella, nautes=navegante) es lo más parecido que navegar entre las humanidades y las ciencias, entre la imaginación y los hechos, entre lo visible y lo invisible.

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